Me he permitido copiar este post porque realmente resume muy bien todos mis sentimientos, mi opinión, mi impotencia y frustración a la que me enfrento con un sistema educativo que se empeña en ignorar a mi hijo de 8 años y a muchos otros/as niño y niñas como él.
Sólo agradecer a Juan Antonio por este post. Leyéndolo y leyendo el de otras personas que como él comparten mi visión me animo a pensar que los padres de niños y niñas como mi renacuajo no están solos. Y me hace creer que puede, quizá, aún hay alguna esperanza en un futuro para que algo se empiece a mover. Gracias a todos los que decís en voz alta vuestra opinión al respeto. Muchas gracias.
Puesto que un amigo anónimo me incita a que escriba algo sobre los niños superdotados, allá va. Tampoco es que tenga nada muy original que decir, sólo puedo repetirme. Qué se puede comentar sobre lo evidente y sobre los más que sabidos desatinos de nuestro sistema educativo, hecho a la medida del coeficiente de inteligencia de la gran mayoría de nuestros pedagogos de la Corte y el pesebre. Lo obvio no necesita muchas vueltas.
Alguna vez escuché a algún maestro cercano y competente el siguiente comentario: tengo en clase un chavalillo que ni da pie con bola ni se esfuerza apenas en el estudio, pero todos los compañeros y hasta su familia me dicen que no importa y que conviene no ponerle trabas con exámenes o notas, pues va camino de ser un gran futbolista y juega en las categorías juveniles del Sporting de Gijón. Luego, en efecto, llegó a ser titular del equipo grande del Sporting, en los buenos tiempos, ¡ay!, y acabó fichando por otro club de primera división. Parece que existía la conciencia de que, dadas sus extraordinarias dotes deportivas, había que echarle una mano hasta en el colegio. No hace mucho leí en algún lado, creo, unas declaraciones de algún familiar directo de David Villa, también figura salida del Sporting. Decía ese pariente que los estudios no eran lo suyo, pero que siempre vieron que iba para estrella del balompié y que de eso se trataba y sólo eso importaba. También sabemos que para los jóvenes que pueden llegar a deportistas olímpicos hay programas oficiales de apoyo, becas y buenas ayudas. Y más, imitando de nuevo a los gringos, pero a nuestro estilo paleto, las universidades españolas comienzan a convalidar por créditos de las carreras la actividad deportiva de algunos estudiantes. Por no hablar de cómo los medios de comunicación se llenan de reportajes sobre los chavales que brillan en deportes como el fútbol o el baloncesto. De los baloncentistas se espera siempre, como auténtico triunfo del genio nacional, que acaben jugando en la NBA. Gasol somos todos, fíjate tú.
Nada tengo que objetar a lo anterior. Para qué. Si el deporte es o se tiene por importante, que se impulse a los buenos deportistas, que se les convierta en ídolos de las masas, que se les permita conseguir el título de ingenieros aunque no tengan mucha idea de ecuaciones o de resistencia de materiales, o de juristas, aun cuando no acierten a diferenciar una ley de un reglamento administrativo. Pase, puesto que así somos y así estamos. Sólo me pregunto por qué no se prevén también medidas especiales de acicate y ayuda para los estudiantes brillantísimos, para los que apuntan maneras de genio de las artes, las ciencias o las letras, o de todo ello a la vez.
La pregunta, por supuesto, es puramente retórica. La respuesta bien la conocemos todos. En este país de cantamañanas y en este sistema educativo hecho a la medida de la capacidad de sus organizadores y sus legisladores, la inteligencia del que destaque, la capacidad del que se salga de la media y la medianía cuentan como una tara personal del sujeto y como una dificultad administrativa. Naturalmente que habrá profesores preocupados o colegios que, excepcionalmente, se ocupen más de las personas que de los papeles y las estadísticas. Pero mucho me temo que no es lo común. Admiración ilimitada para el que ya de niño levanta piedras muy gordas, para el que nada muy rápido, para el que encesta de espalda y hasta para el que canta muy bien o tiene un cuerpo que presagia éxito en las pasarelas y las camas de los jeques. Pero al listo muy listo, al intelectualmente inquieto, al que pide más madera académica, a ése ni agua. Qué se ha creído, qué se piensan sus padres. Actividades extraescolares a montones para entretener a los que se aburren, pero ni hablar de horas extra para el que demande conocimientos mayores. Atención especial, profesores de apoyo, aulas específicas para el crío que, por la razón que sea, social, familiar o personal, no da mucho de sí, pero no para el que pueda ser superdotado o simplemente se le quede escaso el nivel de su clase. Que pase al curso siguiente aquel que suspende un montón de asignaturas, pero que no se salte un curso el que va sobrado y está en condiciones de hacer dos o tres cursos en uno. Al parecer, esto de ascender de curso es legalmente posible, pero se cuenta que acarrea un tormento de tests, informes y variadísima burocracia, casi siempre en manos de expertos en domesticar el genio y poner en duda la inteligencia.
Todas esas comparaciones sirven para poner en claro que algo (algo más) falla en el sistema educativo. Mas lo interesante no es constatar la carencia, sino preguntarse por las causas. Y las causas no pueden ser más evidentes: la gran inteligencia da grima, provoca rechazo. Pocos profesores, de cualquier nivel, aguantan de buen grado al estudiante que con su aptitud los supera o con sus preguntas los pone en aprietos. Pocas familias soportan que el hijo del vecino reciba un trato de favor por razón de sus excepcionales méritos no deportivos, no vaya a ser que el niño de los del ático llegue a más que nuestro churumbel, con lo guapos y estupendos que somos nosotros.
Para el bienestar de esta sociedad de rumiantes apalancados esa situación es estupenda. Para el país es una desgracia como la copa de un pino. Ahora bien, si a la masa se le pregunta lo que quiere y si se busca darle gusto, habría que complacerla en todo: pena de muerte para pedófilos y hasta para carteristas, leña a los homosexuales, la mujer la pata quebrada y en casa, los inmigrantes de vuelta a su tierra en las mismas pateras, etc., etc. No, la culpa no es nuestra, de la gente del montón, los responsables son los políticos y los supuestos expertos que rigen la educación. Todos a una, la ciudadanía inimputable, los políticos culpables y los pedagogos alevosos están muy convencidos de que es un éxito de la colectividad que la NBA quiera fichar a Ricky Rubio, pero que si es un gran laboratorio canadiense el que se lleva a un joven genio de la química, la física o la biología, con su pan de lo coma, bien está allá y que se quede si tanto le gusta perder el tiempo con probetas y microscopios. Aquí las plazas en las universidades, los centros de investigación y las empresas de primera hacen falta para los parientes, los amigos, los del partido y los que nos hagan el arrumaco en la entrepierna.
Si de investigación hablamos, no hay más que ver qué posibilidades tiene ahora mismo de acreditarse como simple titular de universidad el “joven” de treinta y tantos o cuarenta años que venga sin más de un gran laboratorio norteamericano y que se disputen los grandes centros del mundo: ninguna. Si no ha tenido aquí, en una universidad española, su contrato en los últimos años, si no ha dado no sé cuantísimas horas de clase en nuestros centros maravillosos, si no ha sido vicedecano o secretario de departamento y si no ha asistido sumiso a un montón de cursos sobre adaptación curricular al sistema de Bolonia o sobre cómo organizar un debate en círculo entre los estudiantes, no tiene absolutamente ninguna oportunidad, ninguna. Ante una situación así, la gran mayoría de los burócratas académicos, profesores de medio pelo y meapilas universitarios en general tienen la respuesta preparada: si tan bueno es Fulano y tanto lo buscan en medio mundo, que se quedé allá y que le aproveche. ¿O acaso intenta arrebatarle su plaza a Menganito, que es sobrino del concejal de cultura, paticorto de cuota y muy dócil? ¿O a Zutanito, que habla de corrido gallego o euskera o catalán y lo que te rondaré, morena?
Pero volvamos a los niños. Andan todo el día los cretinos de la educación dándole vueltas al fracaso escolar. Con los criterios al uso, el fracaso escolar es mayor cuanto más alto es el número de estudiantes que no culminan su formación, la que sea. Pero, ¿qué significa ahí formación? Significa obtener el título. Así que blanco y en botella: regalemos los títulos a todo zurrigurri y se nos acabó el fracaso escolar. Lo malo es que hay alumnos que no se dejan y la maldita cifra no mejora. Bajamos el nivel de exigencia y ellos, correlativamente, menguan su esfuerzo. ¿Serán cabronazos? Les prometes aprobado general y no se presentan al examen. ¿Habráse visto? Nada, nada, a convalidarles materias con horas de parchís o de dibujos animados.
El auténtico fracaso escolar, el que casi nadie lamenta, por lo que se ve, está en que de cada estudiante, desde preescolar hasta la universidad, no se saque lo mejor que pueda dar, en que no se seleccionen profesores que sepan para que puedan guiar y acompañar a los estudiantes que quieran saber. El fracaso es que para que un niño aprenda inglés los padres tengan que mandarlo a Irlanda o Canadá cada verano, o que para que un joven se convierta en un científico o tecnólogo de primera las familias que puedan deban romper la hucha, vender las fincas de los abuelos y pensar en enviarlo a hacer una carrera en el extranjero. El fracaso escolar es que la enseñanza sea oficio de frustrados o de indocumentados, en proporción pareja. El fracaso escolar y social, el radical fracaso social, está en que cuando un joven vence inercias y zancadillas, supera malos ejemplos y mantiene su vocación de profesional excelente, se tenga que buscar la vida en otro país, que haya de ir a construir los puentes, a descubrir las vacunas, a averiguar la causa de las enfermedades, a desarrollar nuevos materiales o nuevas teorías en otra tierra. Aquí se nos llena la boca, se les llena la boca a los mandangas con despacho oficial y chófer al hablar de I+D+I y más la madre que lo parió. Eso sí, todo muy “sostenible”, “transversal” y respetuoso con la “diversidad”. Puro cuento, engaño, disfraz, cháchara vacía. Al “diverso” por listo no lo respeta nadie.
Acabo de oír a Zapatero decir que va a ofrecer a la oposición un gran pacto sobre educación. Todos con el culete contra la pared. Si vuelven a reformarla, volverá a ser para peor, abundaremos en la educación para la medianía. Para una educación seria no hay más que una pauta posible, pero se les abrirían las carnes a todos los profesionales de la corrección política y de la prosa meliflua. La pauta es: exigencia, competitividad bien administrada y exquisito cultivo del esfuerzo y el talento. He dicho talento, no talante, ojo. Que ni un solo muchacho con limitadas capacidades o en desventaja social deje de tener su ayuda y la plena dedicación de sus profesores, ni uno. Pero al que rinde, trabaja, se supera y promete ser mañana un artista sublime, un investigador muy cualificado o un excelente profesional en cualquiera de las labores que socialmente más importan, a ése todos los homenajes, todas las facilidades, todos los apoyos para que llegue todo lo lejos que pueda llegar. Y para que se quede aquí y no tenga que marcharse ciscándose en nuestros muertos, si es que no lo hemos destruido antes.
Entre otras mil razones atinentes a que al favorecer a los más dotados nos ayudamos a nosotros mismos, también por una razón de justicia social, de pura equidad social. Porque los brillantes chavales que sean hijos de ricos acabarán teniendo su oportunidad de triunfar y de cumplir su vocación, pues para eso los mandan primero a colegios de élite y para eso los pueden tener luego media vida haciendo másteres y doctorados en las mejores y más caras universidades del mundo. Pero para los hijos de los pobres no hay más oportunidades que aquí, porque los hijos de los pobres no cuentan con más patrimonio que su inteligencia ni con más influencia que sus capacidades. Y aquí, no nos engañemos, todo está ahora mismo montado para que los hijos de los pobres sigan siendo pobres toda su puñetera vida, sean tontos, listos o superdotados. Así es y así se hace, pero todo queda muy mono, muy transversal y muy participativo. Cuando la política educativa es un engañabobos, los listos molestan y hasta sobran los simplemente normales, sólo queda sitio para los lerdos y los listillos.