El ataúd pertenece a una de las pequeñas gitanas de 11 y 15 años de edad que murieron al ahogarse en una playa de Nápoles. Sus nombres Violeta y Cristina. Vivían de las limosnas que les daba la gente.
Sus cadáveres permanecerían horas en la playa ante la indiferencia de las personas que siguieron disfrutando de un día de playa como si nada ocurriera.
Pero ante esta imagen me pregunto cuáles son los sentimientos que pueden mover a alguien a reaccionar de esta manera, ¿es indiferencia o vergüenza?
Me niego a creer que el desprecio por la vida humana y por la desgracia ajena sea tal como para que ante la visión de dos pequeños cadáveres restes indiferente. Me niego a aceptar que el racismo haya llegado a tal extremo como para justificar actitudes como la que han tenido los bañistas de esta playa de Italia.
Quiero creer que es vergüenza, una vergüenza tal que te imposibilita reaccionar, que te impide mover. Porque si no es vergüenza, miedo, ignorancia o pánico, entonces seré yo la que tendré que aceptar que la sociedad ha llegado a este extremo tan miserable. Y entonces seré yo la que sienta vergüenza por pertenecer a ella.
Eran jóvenes, mujeres, gitanas e immigrantes. Su muerte servirá para alzar algunas voces y remover nuestras acomododas conciencias, hasta que otra noticia las haga callar una vez más y su imagen desaparezca de nuestros cerebros.
Pequeñas voces ahogadas en la arena.
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