Ser consecuente contigo mismo al final del día, es uno de los objetivos más duros y difíciles de conseguir. Nuestro día a día está lleno de situaciones que hacen que tomemos decisiones o actuemos de forma distinta a como pensamos y sentimos realmente. El trabajo, las amistades, la familia, la pareja, los hijos, la sociedad hacen tambalear nuestra integridad con nosotros mismos constantemente. Es curioso como por no herir, por encajar en determinadas situaciones, seguimos la corriente aunque nuestra cabeza piense todo lo contrario.
Yo hace tiempo me propuse sin mucho éxito llegar al final del día habiendo sido consecuente conmigo misma. No nos engañemos, ser empático no es fácil. Hacer respetar tu opinión, o tu visión de las cosas, escuchar activamente, aceptar otros puntos de vista o simplemente no dejarte arrastrar por la del resto es una lucha constante. Y yo odio el enfrentamiento. No me gusta luchar. Yo no puedo hacer las cosas contra, sino por.
Pero he conseguido romper con algunas cosas, son pequeños cambios. Pocos, pero al fin y al cabo cambios que me hacen sentir mejor. Simplemente porque los he decidido yo acorde con lo que pienso. Mi separación a pesar del dolor, ser delegada de personal ante la incomprensión de la empresa, vivir de alquiler y no caer en la histeria de comprar un piso, disfrutar de mi hijo sin dejar de ser persona. Y sobre todo ser consciente de mis puntos débiles, que son muchos, e intentar día a día mejorar y ser feliz. Quién sabe quizá algún día consiga saltar y hacer de mi día a día algo que realmente me haga sentir útil y me haga crecer. Quizá algún consiga apagar mi diálogo interior, dejar que me afecte lo que puedan pensar los demás y romper con chantajes emocionales. Fotografiar el mundo, enriquecer momentos con un poco de sal y azúcar en la cocina, ayudar a poner un poco de orden en este mundo lleno de sentido pero que con frecuencia olvida sus propósitos. Quién sabe.
De momento me enfrento a unas elecciones sindicales, con un sindicato que olvidó su objetivo como tal y que amenaza impugnar unas elecciones donde no tiene nada que ganar (léase UGT), una candidata enferma, un montón de gente delegando votos porque trabaja en casa y quién sabe qué porcentaje de abstención y una mesa electoral fantasma pues también trabaja en casa. Pero ahí estamos, sin perder el norte y recordando siempre por qué lo hago: por ser consecuente con lo que pienso y con lo que siento. Porque de esto salimos ganando todos, por mucho que a veces nos parezca un túnel sin final. Porque es una oportunidad para proponer ideas y participar de ellas. Porque nada debería ser visto como un enfrentamiento sino como un enriquecimiento. Y porque por estar allí no me ha salido cola y cuernos, ni huelo a azufre. Simplemente soy feliz siendo útil.