Tras los resultados en los exámenes de nivel de sexto de primaria me vuelvo a plantear que el sistema actual educativo falla por algún lado. Especialmente en Cataluña, donde un 25% del alumnado suspendió. Es decir, pasará secundaria sin cumplir las competencias básicas en lenguas y matemáticas.
Muchos de estos alumnos y alumnas arrastrarán esta falta de conocimientos no sólo a la secundaria sino a la universidad. Lo que hará bajar el nivel de exigencia en todos los niveles por efecto dominó.
No puedo más que recordar a mis padres hablar de las escuelas a las que iban, con humillaciones continúas, castigos inaceptables donde aprender consistía en memorizar y repetir como loros aunque no entendieras nada de lo que leías.
Es normal pues que la generación que ha sufrido esta rigidez y ha llorado en las aulas haya luchado por una escuela donde los valores humanos fueran importantes. Educar para hacer personas.
El problema es que al querer hacer personas estamos jugando a ser dioses. Estamos aplicando juicios de valor basados en conceptos del bien y del mal. Y dejamos la responsabilidad de estos juicios al profesorado que al fin y al cabo son personas, profesionales que se ven desbordados y obligados a tomar decisiones sin las herramientas necesarias y con frecuencia sin el apoyo mismo de la escuela. Demasiada carga la que les exige la sociedad.
Cada vez que hago un curso de comunicación me hablan de la necesidad de olvidarme de todos los ruidos que entorpecen mi juicio. Ser capaz de escuchar activamente sin valorar de antemano, sin prejuicios establecidos que hagan fracasar la comunicación y por lo tanto las decisiones.
Todos pecamos de lo mismo, estamos llenos de prejuicios, proyecciones que nublan nuestras decisiones y determinan los resultados. No podemos pretender que el profesorado sea capaz de controlar esta capacidad. Y sin embargo el sistema educativo les pide que evalúen a los alumnos no sólo por sus conocimientos, sino por sus actitudes, su esfuerzo, su predisposición – conceptos que a menudo rozan la subjetividad – sin darles las herramientas necesarias para hacerlo: formación, tiempo y posibilidad de individualizar, según las necesidades, la enseñanza de cada uno. Procurando recursos a quienes necesiten más tiempo para asimilar los conceptos y estimulando a los más talentosos.
¿Cómo dedicar tiempo a cada uno de los alumnos en clases de 25 personas cada una de ellas distintas? Educando en la mediocridad.
Al no poder personalizar, optamos por estandarizar. Se pone un rasero al que todos tienen que llegar mínimamente. Y este rasero tiene que ser realista para todo el mundo. Y lo hacemos a la baja.¿Por qué? Porque por esos mismos valores humanos que mencionaba antes, se prefiere dar la posibilidad de que todo el mundo disponga de una enseñanza antes que echar del sistema a los que más dificultades tengan. La educación es un derecho universal. Si ponemos el rasero más alto serán muchos los que no lo alcancen y que precipitaremos al fracaso escolar.
Dicen que el infierno está lleno de buenas intenciones. Y esto es un poco lo que pasa con el sistema educativo. Porque al final, los que pasarán son los que lleguen a este rasero. Y el resto, tanto si están por encima como por abajo se quedarán con sus necesidades por cubrir.
¿Realmente queremos como sociedad que el nivel educativo baje y lleve al mercado laboral personas que no tienen las competencias necesarias? ¿Cómo nos sitúa como país con relación al resto del mundo? ¿Y qué pasa con los que sí tienen las capacidades y no se les da los medios para desarrollarlas? ¿Acaso no se las está también marginando del sistema educativo y precipitando al fracaso escolar por puro hastío o a emigrar por falta de oportunidades? ¿Cómo pretendemos crear talento si lo cortamos de raíz desde la primaria, si hacemos que escondan sus capacidades para sentirse integrados en el sistema?
Estandarizar es peligroso. Nadie es estándar, todos somos distintos. Y ser distinto no es un problema, es maravilloso. Una vez ya comenté que se confunde igualdad con justicia. La igualdad debería consistir en dar a cada uno lo que necesita. Sin distinciones. Porque tan malo es tratar a un igual de forma distinta, que tratar a alguien que no es igual como si lo fuera.
¿Te imaginas obligar a una persona en silla de ruedas a subir una cuesta para que no se sienta distinto a los demás? Pues esto es lo que ocurre en la educación con los que no consiguen alcanzar el nivel, pero también con los que lo superan, los grandes olvidados del sistema.
Cuando pensamos en necesidades pensamos siempre a la baja, no a la alta. Pensamos en gente con problemas intelectuales, físicos, familiares, situaciones de exclusión social. Lo hacemos por todos esos valores religiosos, humanos, éticos que tenemos inculcados y gracias a los cuáles existen personas que ayudan a los demás. Lo hacemos en parte por solidaridad y caridad. Por sentirnos un poco mejor, más humanos. Y los más capaces no dan lástima, dan rabia.
La tutora de mi hijo, a quién agradezco por al menos intentar estimular un poco a mi hijo, me decía que a veces le pasaba cosas distintas sin que el resto se diera cuenta. La intención es buena. Pero mi hijo sigue sintiéndose distinto y se pregunta si hay algo malo en ello, ¿por qué si no debe esconderse de los demás? El resultado es bajo rendimiento, conflictos en clase y baja autoestima.
En Holanda los alumnos están separados según sus capacidades. Aquí cada vez que sale esta idea se ve como segregación. Como si estuviéramos creando alumnos de primera y de segunda categoría. Pero la realidad es que este sistema permite individualizar según las necesidades, dejar alcanzar el nivel tranquilamente a quién necesita más tiempo para ello y desarrollarse al resto. Todos llegan al nivel necesario a su ritmo.
No estoy diciendo que este sistema sea el ideal. El sistema ideal no existe. Pero sí que es cierto que para educar en los valores hay que tener muy claros cuáles son esos valores.
Se puede tener valores sin ser mediocre. Se puede tener valores aunque no consigas un título. Creo que el problema como siempre es que nos hacemos demasiadas “pajas mentales”. Las cosas son más simples de lo que parecen. Si queremos un sistema educativo universal hay que dar los medios para que este se cumpla sin descartar a nadie. Y para esto hay que educar en la diversidad, una diversidad entendida de una forma más amplia que no sólo englobe a todos los que tengan necesidades especiales, tanto a la baja, como a la alta, sino a todos y a cada uno de nosotros. Y que esta diversidad no se vea como un problema ni como un gesto caritativo, sino como la posibilidad de enriquecer la sociedad. Sólo así podremos dejar que cada uno se desarrolle sin la presión de pertenecer a un grupo y sentirse aceptado.
Educar a personas sí, pero personas capaces. Los valores no excluyen un buen nivel educativo.











