Berlín. Jueves 9 de noviembre. En la pantalla las imágenes de alegría. Era de noche. Lo recuerdo perfectamente. Tenía 17 años. Las voces hablaban un idioma que no era el mío, las lágrimas contaban historias que no me pertenecían y las risas hablaban de un futuro ajeno a mí. Y sin embargo mi voz se unió a la suya y mi rostro compartió su sonrisa.
Esa noche el martillo abandonó la hoz para golpear un muro y romper así con 28 años de oscuridad. Y cuando la luz entró, lo hizo con tal fuerza que nadie la pudo ya parar. Fue el principio del fin de un mundo dividido en dos. Un mundo del que, aunque lejano, nos llegaba el eco demasiado fuerte para ignorar.
Tenía 17 años, pero era plenamente consciente del significado de esa noche. Y fui feliz, realmente feliz.
Sólo son recuerdos. Recuerdos que me han venido hoy a la memoria. Recuerdos de tutorías en primaria donde se hablaba de guerra fría en vez del calentamiento global. Recuerdos de una niña levantando el puño al aire y cantando la internacional. Tiempo de manifestaciones y protestas. De fiestas del PSUC de la mano de mis tíos mientras disfrutaba de las músicas del este y su gastronomía. Fiestas desprovistas para mí del significado político que en realidad tenían.
No tardaría en comprenderlo. Tampoco tardaría en entender que los sueños pueden convertirse en pesadillas. Y que las ideologías a manos del hombre pueden convertir las utopías en terror.
Me quedé con la parte buena. La del inconformismo y la que levantaba la voz para emitir su opinión. La misma que consiguió esa noche del 89 unir a un pueblo para derribar un muro a golpe de martillo.
Y con 17 años sonreí y brindé por el fin de ese mundo sin sentido que en nombre de una verdad levantó un muro de 160 kilométros y partió una ciudad en dos.









