La rosa

Lilit no puede apartar la mirada. La rosa languidece en un rincón. Intenta concentrarse en la pantalla pero la mirada huye hacía el jarrón. El sonido de la tele se convierte en ruido, palabras sin sentido que le cuesta entender. Seis días atrás se despertó, dispuso la mesa y se sentó a esperar la sonrisa de su hijo al encontrar 300 páginas de lectura listas para desayunar. Dragones en forma de galleta llenaron de dulzura los minutos previos a la jornada laboral. Ríos humanos inundaron las calles embebidas por la tinta y la belleza de las rosas. El tiempo pasaba lento. Las agujas se negaban a avanzar. Afuera tras las mesas, escritores con sonrisas que escondían emociones, cansancio, ilusión y algún que otro mal rollo personal, no paraban de firmar. La rosa languidece. La tele enmudece. Lilit se levanta, recoge la mesa y una rosa que una vez hace seis días inundó la calle con su olor e iluminó el rostro de Lilit.

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